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viernes, 27 de mayo de 2016

MAMÁ UCA Y PAPÁ JUAN... MIS ABUELOS MATERNOS.


    Se llamaba María Ortega Yánez; le decían Maruca y para nosotros, sus nietos, siempre fue "mamá uca". Fue la quinta de siete hermanos (la primera hembra después de cuatro varones) y nació en la barriada de San José un 15 de febrero de 1.912, el mismo día y mes que nací yo, presagio de nuestra ya eterna complicidad...

Guardo tantos recuerdos suyos en mi memoria que igual tendré que escribir dos partes sobre ella, más que nada para evitar aburrirles (risas).





     Se casó un 19 de agosto de 1.945 con Juan Ruiz Rodríguez, mi querido abuelo, al que llamábamos "papá Juan". Era natural de Gáldar pero había emigrado con sus padres a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Con tal fin habían arrendado una tienda "de aceite y vinagre" en la Calle Nieves, número 17 del Risco de San Nicolás y mi abuelo, que ya era un "galletón", empezó a vender plátanos de estraperlo y bocadillos en un almacén muy cerquita del Hospital Militar que, en 1.937, estaba situado en la calle Juan de Quesada.
Allí fue donde conoció a mi abuela; pues ésta solía ir a visitar, junto a su hermana Loli, a los enfermos de dicho hospital para hacerles un pizco de compañía. Las idas y venidas hicieron que se convirtieran en asiduos de la zona y así, poco a poco, surgió el amor...
A su vez, Loli entabló amistad con un presunto preso político de Tenerife, que se encontraba allí ingresado, con quien casó años después para pasar el resto de su vida en la hermosa isla vecina.




Mi bisabuelo le traspasó el negocio a su hijo recién casado por 30 pesetas diarias y allí, en una minúscula habitación de la parte trasera que llamaban "la trastienda", el matrimonio empezó su nueva vida en común. La tienda se inauguró un martes trece y sus primeras ganancias fueron trece duros. Por eso no soy supersticiosa; me gusta los martes treces, los viernes trece, el número trece, (el sesenta y nueve también  :P), los gatos negros, abro paraguas dentro de casa, dejo el bolso en el suelo y, si veo una escalera, paso por debajo de ésta. ¡¡Ja!!



En 1967, con el dinerillo que habían logrado ahorrar, compraron una casa que estaba ubicada en la Calle Nieves número 5, la reformaron completamente convirtiéndose en la primera vivienda del barrio con ¡inodoro!, y al siguiente año se trasladaron. Mi madre ya había cumplido sus 15 primaveras...




Recuerdo con nostalgia aquella casa... Su ancho pasillo revestido con láminas de madera; el enorme salón; aún me parece ver a papá Juan cenando su peculiar tazón de leche con bizcochito picadito, la pasta de guayaba "Conchita" en su inimitable caja de madera y la naranja de postre, sus habitaciones; aquel patio interior tan luminoso que cobijaba, bajo su abrazo, el baño y la pequeñita cocina donde mi abuela se pasaba horas y horas; las empinadas escaleras que daban a la azotea y que nadie me dejaba subir por miedo a que rodara por ellas; hasta que un día, a hurtadillas y a cuatro patas, las escalé desafiando al mundo a la par que demostraba lo cabezona y testaruda que sería (aunque yo prefiero llamarlo tenacidad para que parezca una virtud en lugar de un defecto, jajaja).
La azotea merece una mención especial porque el día que la descubrí, me enamoré...
Me enamoré de aquel amplio espacio al aire libre; del suelo color teja que quemaba cuando el sol lo bañaba; me enamoré de las paredes blancas que dibujaban sombras al compás del movimiento del astro rey; de los días nublados y su  lluvia; del horizonte y del enorme edificio que se divisaba a lo lejos convirtiéndose en esa particular brújula que me indicaba qué escalinata subir para retornar a casa.





Tengo cuarenta y seis años; viví siete en el Risco y veintiuno en Escaleritas pero, cuando alguien me pregunta:  -"de "dónde eres"-,  siempre contesto orgullosa que soy de San Nicolás.
Quizás por ello aún me invade una especie de melancolía cuando rememoro la tristeza que me inundó cuando supe que mi madre vendía la casa... Y quizás por ello, de vez en cuando, vuelvo a pasear por sus calles empedradas envuelta en una especie de morriña y desconsuelo...




Mi abuela era regordeta y corpulenta; de piel blanquita; recuerdo que la parte interna del brazo era un colgajo, inevitable síntoma del paso del tiempo, con el que a mi me gustaba jugar moviéndolo de lado a lado como si de un columpio se tratase...
Tenía su característico pelo rizado ya de color plata y su voz aguda que, a veces se convertía en chillona, pero que a mi me encantaba. Era una mezcla entre Rafaela Aparicio y Gracita Morales, jajaja...

Y yo, tuve la suerte de ser su primera nieta...



Nací un 15 de febrero de 1.970 a las once menos cinco de la mañana y, como en ese tiempo, mi madre ayudaba a mi abuelo en la tienda, se puede decir que fue ella quien prácticamente me crió.
Mi madre cuenta que con dos añitos se me puso un ojo "virolo" y tuvieron que tapármelo con un parche; a mi pobre abuela casi le da algo cuando me vio porque decía que, como era poco lo que tenía encima, aludiendo a mi parálisis cerebral, lo que me faltaba era un ojo "cambao". Así que se fue a la Iglesia y le prometió a Santa Lucía, patrona de los invidentes, un ojo de cristal si curaba el mío. A los pocos meses mi ojo volvió al sitio y Santa Lucía tuvo el suyo de cristal.





Siempre fui malísima para comer; recuerdo los aviones de carne y papa frita que, mamá uca con tanta paciencia, hacía volar desde más allá de su brazo derecho hasta mi boca. Yo tardaba minuuuuuutos y minutos en masticar aquel pizco de ternera y hoooooras en comer. A veces, me sentaba en el alféizar de la ventana de nuestra habitación con la esperanza de que, a lo mejor, viendo pasar a las vecinas, engullía más rápido pero ocurría todo lo contrario... Aquellas idas y venidas de la gente, sus risas, comentarios, carantoñas, bromas y demás hacían de mi almuerzo un espectáculo y yo, claro, me lo pasaba pipa, me distraía, etc. ¡¡Nunca funcionó!!





Dormía en la misma habitación que mis abuelos; era un dormitorio enooooooorme, el más grande de la casa, por eso mis días coronaban allí, a la vera de papá Juan y mamá uca que velaban mis sueños en aquella estancia aromatizada de vicks vaporús.
Lo hacía en un mueble que escondía en su interior una cama plegable; por las mañanas era un enser más de la casa que servía de estantería y ropero, por las noches, como por arte de magia, se transformaba en mi peculiar y exclusivo dormitorio. Mamá uca tenía colgados en la pared de la alcoba todos mis muñecos y peluches pero, de ellos, había uno que para mi era el más especial...
Se parecía al oso Yogui, era de color beig, con ojitos de cristal de color canelos y una pupila negra muy brillante la cual yo miraba y tocaba embelesada. Asimismo tenía la planta de sus patitas forradas con una tela de cuadros verdes y blancos y eso, precisamente, era lo que lo hacía diferente a los demás; ¡¡yo tenía un vestidito de tela idéntica!! y aquello me llamaba tanto la atención...
Cada vez que mi abuela me ponía ese traje, le pedía me bajara el osito de la pared y ese día no nos separábamos.





Por el barrio siempre pasaba el mismo panadero, Pepito se llamaba y mi abuela, todas las tardes, le compraba el pan para la merienda. Exquisitos bocadillos de nocilla los que me hacía y yo devoraba sin piedad (esos si me lo zampaba sin rechistar). Aquel característico olor y sabor a panito recién hecho, donde el chocolate se fundía cual volcán en erupción, unido al talante bonachón de Pepito hizo que jamás me olvidara de él.





De Papá Juan no tengo demasiados recuerdos... Sé que era la persona más generosa y noble que pisaba la tierra y que  le apasionaban los animales; de hecho tenía conejos, gallinas, cabras, periquitos y ¡¡hasta un mono!! que se vio obligado a quitar porque cuando no estaba tocándose la "chola", estaba masturbándose , jajajajaja...
Yo lo del "mono salío" no lo sabía, pero sí recuerdo ver cabras en la azotea incluso, ahora que lo estoy rememorando, me viene a la memoria el fuerte olor de aquella zona, una mezcla entre alfalfa y excrementos que echaba "pa'tras".
Ahora entiendo por qué siempre he querido una casa con terreno donde poder atesorar y disfrutar de toda clase de animales; perros, gatos, conejos, gallinas, patos, etc, etc. Es algo que siempre le comento a mi hijo: "Yo sería feliz en una pequeña casita con terreno para poder acoger a cualquier animalito abandonado, una casita que además tuviera un pizco de césped porque me encanta su olor y, aparte, solamente el verlo, me transporta directamente a la calidez estival del verano, una casita cuya cocina estuviera rodeada por un gran ventanal y una buhardilla a donde pueda retirarme cada vez que necesite de un espacio para escribir o evadirme..."





Mi abuelo se levantaba a las cinco de la mañana si debía ir al mercado a por provisiones para la tienda, de lo contrario siempre lo hacía una hora más tarde para atender a sus "bichitos" antes de ir a trabajar.
Recuerdo con mucho cariño la vez que me encontré media peseta y se los di para me comprara alguna chuchería en la tienda y me trajo un paquete de millo. Resultó ser emocionante pues fue lo más parecido a conseguir algo por mi misma.



El día cinco de mayo de 1.975 mi abuelo traspasó la tienda por doscientos veinte mil trescientas veinticuatro pesetas de aquel entonces; el uno de enero de 1.976 murió de un infarto cerebral (ictus) cuando todavía no había cumplido los 64 años de edad y ese mismo año se vendió la casa de San Nicolás...












lunes, 22 de marzo de 2010

San Juan de Dios 1975-1984

     En 1975 mi madre me inscribió en el Colegio de Educación Especial San Juan de Dios. En aquella época no se contemplaba la integración de niños con algún tipo de deficiencia en los centros ordinarios de educación, así que mi única opción fue esa, ¡y gracias! porque hasta ese año no decidieron hacerlo mixto.

¿Saben cual fue mi primera sensación al entrar por la recepción? ¡¡La de temor!! pero no por ser mi primer día de cole sino porque nada más pasar aquella gran puerta de madera dislumbré ¡¡¡el maaar!!!. Pues sí... Vi el mar y creí que era una piscina enooorme para aprender a nadar. Solamente la idea  me aterraba, quizás es un trauma que llevo desde esa época y por eso aún me hundo como un escombro (risas, bueno.., CARCAJADAS).
Mi madre tuvo que rellenar una serie de impresos mientras yo esperaba mirando boquiabierta a la recepcionista. Se llamaba Nena y ¡¡era coja!! Llegué a pensar que todo el mundo allí tenía alguna tara aunque no me imaginaba a las monjas con la "pata chula" (risas).  

 Por aquel entonces yo contaba con cinco añitos y recuerdo que eran tantas las ganas y la ilusión que me hacía ir al cole, (acuérdense de mi primera entrada donde relato mi gran desconsuelo y enorme congoja por no poder ir a la guardería como mi hermano), que no lloré ni el primer día de clase cuando mi madre me dejó en aquella laaaarga fila.
Parece mentira pero me parece verme allí ahora mismo... Yo, una rabujilla de pelo ondulado, asombrada de ver a tanto niño lloriqueando, gritando, etc. Jamás olvidaré a una niña, un año mayor que yo, pegada a las piernas de su madre llorando como una magdalena suplicando "vámonos, vamonos"... En honor a la verdad, he de confesar que en ese instante fue cuando, sin que cuente lo de "la piscina", comencé "acojonarme" un poquito... Yo miraba atónita a mi madre con cara de "no entiendo un carajo", y mi madre me devolvía la mirada como diciendo "no pasa nada" y me devolvía la confianza.  Pero... ¡¡joeeeer!!, aquella chiquilla parecía tenía bunitex en las manos, no dejaba de llorar, era tan desgarrador el "vámonos, vámonos" que yo dudaba ya hasta de mi madre.

En la clase nos esperaba la señorita Mari Val. Era rechoncha, con un pelo castaño largo y muy fino, los cachetes regordetes rojizos y mirada tierna... Sonreía mucho y su voz era tan dulce que me sentí feliz de estar allí. La clase era totalmente cuadrada y espaciosa. Tenía una hilera de grandes ventanales protegidos por persianas marrones. Una enoooorme pizarra verde y unos pupitres de madera más viejos que mi abuela.  Nos invitó a sentarnos donde quisiéramos y yo lo hice al lado de Migdalia, la llorona de la fila que, por cierto, todavía seguía derramando lágrimas aunque ahora sin tanto histerismo. ¡¡Quién iba a decirme que durante 9 años sería mi mejor amiga!!
Aquí les dejo una foto de Migdalia (izquierda) y yo (derecha).

Jamás creí que diría esto pero... añoro muchísimo esa época... Bueno, más que añorar diría que la revivo con grandes dosis de ternura y cariño. Fuí feliz en ese colegio pese haberme quedado interna un par de fines de semana porque mi madre tenía que ocuparse de asuntos varios. Anécdotas tengo... Uffff... ¡¡Para no parar de escribir!! Como cuando una vez, en 4º curso, pasé olímpicamente de hacer los deberes de matemáticas que el profe D. Manuel había mandado y cuando fue a mirarlos mesa por mesa le mostré unos ejercicios realizados con anterioridad y éste, dirigiéndose a los demás alumnos a la vez que se acercaba a mi libreta dijo:
-"Tengo que fijarme bien por si acaso me dan gato por liebre..."-
En ese instante dije para mis adentros... "TIERRA TRÁGAME" y supe que mi cara estaba como un pimiento morrón rojo porque sentí ¡¡un calooor!! que vaya a la porra el climaterio de mi madre.
No sé si realmente se percató o no de mi engaño y quiso sutílmente advertirme para no dejarme en ridículo, pero el caso es que me dio la enhorabuena y siguió comprobando la libreta del compañero.
Yo aluciné en colores, me quedé atónita, perpleja  y, en ese momento supe que Dios existía, me acordé de todos los Santos y Angeles Celestiales del cielo y les di las gracias por mi buena fortuna exhalando un ahogado suspiro. Nuuunca más volví a tentar mi suerte por si acaso, al menos con D. Manuel, jeje...

También recuerdo mi primera actuación vestida de pastorcita... Fue por Navidades, Mari Val nos había enseñado un villancico que debíamos cantar en el escenario, delante de toooooodos los padres y los demás alumnos, uffff... ¡¡qué mal lo pasé!! Para mi aquello fue peor que la guillotina, siempre me ha gustado pasar desapercibida,  y ver a mi abuela jalando por la mano para decirme que me pusiera más alante... Ufff.... Yo intentando esconderme detrás de los demás y ella jala que te jala con la mano, y yo haciéndome la loca mirando para el suelo, jajaaajaja!!! Al final acabé casi en la "punta alante" porque a mi querida abuela sólo se le ocurrió decirle a mi señorita que apenas se me veía...
En realidad no sé que hubieran sido de aquellas fiestas sin mi abuela. Ella era la única persona que iba a verme actuar en las fiestas del cole. Se iba conmigo en la gua-gua escolar, comía en el comedor y volvía a irse conmigo en la gua-gua del cole. Yo adoraba a "Mamá Uca" y me sentía privilegiada de tenerla para mi solita esos días al año...

Por otra parte,, jamás he vivido la Navidad como en San Juan de Dios. Era entrañable... Creo que éramos los únicos alumnos que acabábamos las clases una semana antes de lo que era habitual en los colegios, jeje... Y esto era así porque, durante esos cinco días antes de las vacaciones, cada clase tenía que hacer en la pizarra un dibujo dedicado al nacimiento de Jesús que luego votábamos para elegir un curso ganador. Qué emoción me envuelve al recordar cómo decorábamos las clases... Cómo pintábamos el belén con las tizas de colores... Correteando por los pasillos y metiéndonos de polizones en otras aulas para plagiar alguna de las ideas que los demás habían tenido a la hora de dibujar...
También hacíamos concursos de tarjetas navideñas, creo lo organizaba la caja de Canarias, ¡¡y yo lo gané durante tres años seguidoooos!! Era una fiera dibujando, siempre me gustó. Mi madre tiene que acordarse de eso, jajaaajaja!!!

Otras de las cosas que recuerdo con muchísimo amor era las casi dos horas del recreo después del comedor... Ibamos a los remos, ahora se les llaman columpios, qué finura. Habían tres grandes parcelas llenas de "columpios", una era toda de toboganes pero a mi me daba miedo subirme a ellos porque eran gigantescos, bueno, quizás era yo la enanilla, con cinco añitos ya me dirán,  jeje... Así que siempre me iba a los remitos, allí me sentaba y las niñas más grandes me remaban hasta que aprendí hacerlo sola. Jo... la de horas que nos pasábamos Paqui y yo remándonos súper alto y cantando "coco guagua". Qué lindo renmemorar todo aquello, qué placer para los sentidos... 

El 13 de marzo de este año, a través del facebook, me enteré que se iba a organizar una reunión de ex-alumnos y  llamé enseguida al colegio para confirmar mi asistencia. Me sentía como una niña chica, emocionadísima con la idea de reencontrarme con mis viejos compis. Mi sorpresa fue que aquella mejor amiga, Migdalia, ¡¡también acudió!! Me alegré mucho de verlos a todos pero fue especial darle un abrazote a mi compañera de aventuras y desventuras. Aquí les dejo un par de fotos del momento, jeje...




jueves, 27 de agosto de 2009

Nacimiento de una niñita "especial".












Nací un domingo de invierno a las once de la mañana, era el 15 de febrero del año 1970. Pesé 2 kilos 900 gramos y el parto fue normal, según le indicaron a mi madre, aunque nací con la cabecita "apepiná" síntoma de haber permanecido demasiado tiempo en el "asidero" o útero materno (al menos eso dicen). A mi madre la anesteciaron casi por completo para darme a luz, con lo cual apenas recuerda nada de aquel día, sólo que su ginecólogo era el Dtor. D. Rafael Ramírez y que en apenas mes y medio cumpliría sus 17 años.
Decidirse por el nombre de un hijo nunca ha sido tarea fácil y mi caso no iba a ser menos, de hecho fue un auténtico follón según recuerda mi madre.
Mi abuelo materno, Papá Juan, quería llamarme Beatriz pero mi madre dijo que ya habían muchas con ese nombre en la familia. Mi padre votó por el de Rosa, una antigua novia que tuvo, y mi madre casi lo fulmina con la mirada, jajaja!! Al final, harta de tanta vacilación, optó por zanjar el tema llamándome como ella... ¡María Margarita!
En aquella época no se estilaba eso de bautizar a los recién nacidos tal y como lo conocemos ahorita, con toda la parafernalia que conlleva y de hecho no poseo foto alguna de tal ocasión, pero me consta que fui bendecida con el sacramento porque mis padrinos fueron Papá Juan (mi abuelo materno) y una señora que vivía en Venezuela llamada Margarita Caballero, íntima amiga de mi abuela materna (Mamá Uca).

Fui una Bebita muy llorona y con apenas apetito pero lo bastante revoltosa como para ponerme en peligro pues cuentame mi madre que una noche cuando me bañaban afiancé con tanta fuerza mis piernitas en la falda de Cruza, una vecina del Risco de San Nicolás, que casi me voy al suelo, jijiji... Mas mi madre no tardó mucho en comenzar a notar que algo raro me pasaba cuando después de tres meses de nacida apenas mantenía la cabeza erguida, o cuando la mayoría de bebés empiezan a girarse de espaldas cuando están acostados yo no lo hacía. A los siete meses tenían que apoyarme entre almohadones para que al ponerme sentada no me cayera a los lados. Mi madre no se cansaba de llevarme a los pediatras y siempre se iba con la misma respuesta: "No se preocupe señora... Hay niños que son más lentos que otros... Ya se sentará, ya gateará, ya andará... "

Fue a los 7 meses cuando también me dio una gripe intestinal. Yo no dejaba de llorar y el Dtor. González Rosales mandó ponerme unas inyecciones. Mi madre cuenta que cuando me inyectaron la primera quedé como en estado de shock... Dejé de llorar y me quedé como paralizada... Al día siguiente, para más inri, me pusieron la segunda y obviamente el resultado fue peor pues me dio una convulsión. Entonces mi madre entre enfurecida e impotente lanzó aquel medicamento a la basura sin tomar nota del nombre o sus componentes y jamás volvió a inyectármela.

Después de ese desafortunado incidente mi madre acudió conmigo al pediatra D. Pedro Peñate, el cual nos derivó al psiquiatra Roca Segura el cual me diagnosticó un retraso mental y aconsejó me llevara al colegio "Monte Coello" en Santa Brigida.
Mi madre sabía que mi desarrollo no se estaba llevando a cabo como lo haría el de un niño "normal" de mi edad pero, cuando entró en aquel colegio y vio aquel panorama tan desolador (niños con babas cayendo, ojos perdidos mirando a ninguna parte, personitas en sillas de ruedas esperando ser despertados de su continuo letargo...) cuando ella contempló todo aquello, también supo, dentro de su ignorancia, que su hija no padecía la dolencia de aquellos niños.
Su hija no hablaba, no gateaba, no se mantenía sentada, no alargaba los bracitos para coger los muñecos que tan amablemente le ofrecían, es mas... ni siquiera podía casi agarrar con las manitas los juguetes que tanta compañía le hacían en su parque infantil...
Pero pese a todos los obstáculos que se estaba encontrando por el camino, a pesar de parecerle estar caminando por una senda minada, incluso pese a ver como esa niña que había parido hacía casi un año no pronunciaba palabra alguna y sólo emitía una especie de sonido gutural en un intento de comunicación apenas entendible, ella, con ese sexto sentido que tienen todas las mamás, sabía que su hijita era inteligente...

lunes, 13 de julio de 2009

Aquellos inolvidables veranos...

En mayo de 1978 mis padres invirtieron el millón y medio que tenían ahorrado en una casa terrera ubicada en una pequeña urbanización llamada “Lomo de Salas”, en Telde. En la actualidad no es así pero en aquella época, hace ya 32 años, el 98% de las personas que allí vivían eran extranjeros jubilados (principalmente nórdicos) que, huyendo del frío, fijaban su residencia en la isla. La casa que mis padres compraron pertenecía a una pareja de filandeses los cuales, después de haber estado parte de su vejez en Gran Canaria, decidieron retornar a su país de orígen con el fin de pasar sus últimos años de vida junto a los suyos. De ellos recuerdo eran entrañables... Llenos de arruguitas y de cabellos plateados, cariñosísimos y repletos de energía. El chalesito constaba de dos habitaciones, un saloncito que al anochecer le sacábamos el máximo provecho pues éramos siete personas en aquella familia, una cocinita muy pequeña y un baño. Luego tenía un patio enooooooooorme con dos parterres chiquitos y en la parte de abajo, que era donde estaba la entrada principal, había un peazo jardín con sauna incluida. Era la última casa de esa calle por tanto frente a ella se encontraba el marco incomparable y la majestuosidad del Océano Atlántico separado sólo por un barranco que, sin saberlo, se convertiría en parque para nuestros juegos y excursiones. Aquella visión auguraba unos veranos irrepetibles como así lo fueron. La compañía eléctrica no llegaba hasta aquel recóndito lugar y el único suministro eléctrico provenía de un motor que empezaba a funcionar de siete de la tarde en adelante, exceptuando los fines de semana que lo hacía a partir de las tres o cuatro. Me río al recordar cómo Juan Luis y yo estábamos siempre al acecho del hombre que se encargaba de ir hasta el barranco a “enchufarnos” la luz, jajaja!! Siempre iba en una motillo vieja que hacía más ruido que cien aspiradoras juntas de manera que cuando oíamos su “run run” particular nos asomábamos al patio para verlo y cuando desaparecía de nuestro campo de visión salíamos escopetaos pal salón a encender la tele y sentarnos frente a ella. Cuando la pantalla daba un fogonazo y las imágenes empezaban a verse era una fiesta, aplaudíamos y gritábamos ¡¡¡“BIEEEEEEEEEEEEEN”!!! Menudas caras de felicidad se nos dibujaba en el rostro. Hay que ver, no?... Qué fácil éramos de contentar en aquellos maravillosos años, jajaja!! Recuerdo que al principio sólo habían cuatro españoles en toda la urbanización... Manolo y el Sr. Guerra, dos militares retirados; Terete y Juan, un matrimonio que tenía dos niños pequeños y un setter irlandés marrón precioso. Juan era técnico en explosivos y su mujer se dedicaba a las tareas del hogar aunque tenía un talento especial para dibujar. Aún me acuerdo del dibujo que hizo en la puerta de su garaje... Era una manzana roja de la cual salía un gusano. Me encantaba aquella pintura, me quedaba minutos observándola, analizándola y preguntándome cómo aquella mujer podía haber hecho aquel dibujo tan lindo. ¡Parecía de verdad! Y por último nosotros, claro. Una familia integrada por un matrimonio, cuatro hijos de 8, 6, 4 y 2 añitos y la abuela materna de éstos. Al poco tiempo llegaron los Veronas, una familia con tres niños uno de ellos de la edad de mi hermano Juan Luis y otro, el mayor, de la mia. Compraron la casa de atrás y desde la ventana de nuestra cocina podíamos comunicarnos. Mis padres habían ido a ver primero esa vivienda, que también estaba en venta, pero mi madre desistió cuando vio la enorme piscina que franqueaba la entrada principal pues éramos muy pequeños y ninguno sabía nadar. Bueno, ni siquiera los adultos sabían así que imagínesen... cómo para caerse uno al agua sin querer... A ver quién era el listo que se atrevía a socorrerlo, jajaja!!! Retrocedo en el tiempo y es súper bonito rememorar cómo los viernes mi madre tenía todo los bártulos preparados para irnos a Telde... Conforme nos acercábamos a nuestro destino cruzábamos los dedos con la esperanza e ilusión de que Carlos y Nacho, los vecinos, también estuvieran allí. Muchas veces no era así pero sabíamos que si no era el viernes sería el sábado cuando jugaríamos juntos. Qué alegría nos invadía cuando, algún sábado a primerísima hora de la mañana, escuchábamos crujir la puerta de hierro del patio que daba a su casa pues tal cosa significaba indudablemente un finde de lo más ameno y divertido. Al poco tiempo otra familia Canaria se instaló en la urbanización. Yo estaba privá porque tenían tres hijas y una de ella era tres años menor que yo. Fue por el año 1981 cuando, gracias a mi prima Toñi, entablamos conversación y a partir de ahí todo fue “coser y cantar”. Se llamaba, bueno... se llama Sandra y tenía un pelo laaargo castaño que yo envidiaba porque mi madre jamás permitía que el mío creciera más abajo de los hombros, decía que hasta que no pudiera arreglármelo sola no me lo iba a dejar largo porque ella no tenía tiempo para hacerme las coletas y demás. Un verano me llevó engañá a la peluquería diciendo íbamos a ir a comprar helados pero no sé por qué a mi todo aquello, desde un principio, me olió a chamusquina y no me equivoqué porque a los veinte minutos estaba sentá frente a un espejo llorando como una magdalena, jajaja!! El 2º y último recuerdo “no tan bueno” que tengo de aquellos veranos fue cuando los padres de Carlos nos invitaron a mojarnos el culo en su piscina y mi madre se enfadó conmigo porque no me separaba de la escalera diciéndole que mi flotador estaba picado y ella no me creía. Jajaja... cómo me río al recordar la escena, ella intentando soltarme las manos de los escalones y yo aferrándome a ellos como una lapa, jajaja!! Al final me sacó pa fuera de un tirón, me dio una torta en el trasero y me mandó pa casa con el cisne picao en la cintura. ¡¡Qué vergüenza pasé!! Mas es todo un lujo poder decir que todos los demás recuerdos que acuden a mi memoria son al cual más bonito... Como cuando aprendí a montar en bici de dos ruedas a base de caídas y empotramientos contra las cristaleras que daban al salón... A mi pobre abuela no le dio un síncope porque no estuvo de Dios, jajaja!! Siempre le gritaba a mi madre: -”¡¡Chachaaaa, mira ver esa niña que cualquier día se nos mata!!”- A lo que mi madre contestaba: -“¡¡Tú déjala que a base de golpes aprende!!”- Y vaya que si aprendí... Dejé las rodillas en las baldosas del patio, mis huellas incrustadas en las cristaleras y el cuerpo tatuado con moletones pero yo terminé manteniendo el equilibrio en una bici de dos ruedas y jugar a policias y ladrones junto a mis hermanos y amigos como una más y todo gracias a mi “testarudez”, já!! O cuando Sandra y yo íbamos “de visita” a casa de las extranjeras y soportábamos la comedura de coco de éstas cuando nos mostraban imágenes de la Familia Real Sueca e intentaban explicarnos en un Español chapurreado quién era quién sólo para obtener unas golosinas. Me acuerdo que dejábamos que hablasen y nos enseñaran las revistas suecas y cuando ya me parecía que había transcurrido un tiempito oportuno, que nunca sobrepasaba los cinco minutos, le daba un codazo a Sandra para que dijera la palabra mágica: -“¿CARAMELOS?”- Entonces las extranjeras contestaban con una gran sonrisa: -”YES... YES...”- y nos llenaban los bolsillos de chucherías a la vez que intentaban decirnos que eran para todos los niños de la urbanización. Ahora más de uno se enterará que nos las comíamos a escondidas, jajaja!!! Qué lindo recordar aquellos calurosos atardeceres de verano jugando al escondite hasta cerca las once de la noche donde yo trepaba muros, saltaba escalones de dos en dos y me camuflaba entre las hierbas de los jardines abandonados de las casas que aún estaban sin habitar... Recuerdo con gran orgullo que casi siempre era la última en ser descubierta y de cómo todos los demás niños aguardaban mi salida para ser librados por mi. El entorno se llenaba de complicidad porque como mi parálisis cerebral impedía pudiera correr con la velocidad necesaria, ellos intentaban distraer al que se la quedaba o me sujetaban de un brazo para que pudiera correr sin miedo a caerme y poder llegar a la pared para gritar: -“¡¡LIBRO POR TODOS!!”-
También recuerdo con gran amor las noches de los domingos, recién bañaditos, cenaditos y con nuestros respectivos pijamas y batines de camino a Las Palmas en aquel peugeot familiar 505 (creo) blanco... De esos miles de retornos que hicimos, una imagen que no se me borra es la de mi hermanita Emma. Parecía una rabuja chiquitita, con aquellos pelillos, los ojillos chiquitillos, y el jociquillo de ratoncita. Apenas tenía dos añitos y la bata era más grande que ella, jajaja!! La mayoría se quedaban embelezados durante el trayecto pero yo, cuando el cielo lo permitía, me dedicaba a seguir con la mirada la luna y me preguntaba cómo era posible ella nos escoltara hasta el mismísimo garaje de Escaleritas desde Telde... No sé cuántos niños hoy día que padezcan un discapacidad como la mía puedan sentirse como uno más dentro de su entorno. O si será feliz o desgraciado. Esto no depende de la gravedad de su deficiencia. Depende de su entorno. Yo estoy convencida que he llegado a ser la que soy porque desde mi niñez me han empapado de cariño y no me han hecho sentir diferente de mis hermanos. Luego, conforme creces, te das cuenta que lo importante es tener clara tu percepción como persona dentro del sistema en el cual se vive, siempre en relación con tus metas, expectativas e intereses y, como no, limitaciones...

miércoles, 10 de junio de 2009

Desandando lo andado...

Ahora que he creado mi propio blog, en muchas ocasiones me sorprendo desandando lo andado y reviviendo "cositas" que creía olvidadas. Hay de todo un poco pero, por regla general, la mayoría de esos recuerdos son tan especiales que sin quererlo acaban dibujando una sonrisita en mi rostro.
Uno de ello es de cuando tenía unos nueve o diez añitos y parece como si no hubiera pasado el tiempo porque me acuerdo como si fuera hoy..
Sobre las cinco de la tarde me subía a la gua gua después de un intenso día de colegio y solía sentarme con una amiga, Juana Isabel. Durante el trayecto de regreso a casa, como si de dos pitonisas se tratara, fraguábamos juntas nuestro futuro; yo aseguraba que no me iba a casar, que sería profesora de niños pequeños, que pondría una guardería en el garaje de la casa de Telde y que tendría tres hijos (dos niños y una niña), hasta tenía uno de los nombres para el primero "Carlos Javier". De hecho así llamé a mi primer nenuco, jajajaja!!!
Resulta sorprendente cómo algunas convicciones permanecen inquebrantarles a través del tiempo pues llevo catorce años viviendo en pecado, jajaja!!! No he tenido tres hijos porque el "capullito" de mi pareja así lo decidió pero, contra todo pronóstico, tengo uno que vale por tres, jajajaja!!! Lo de la guardería en el garaje de la casa de Telde, conforme fui cumpliendo años me percaté que la visión del espacio dependía muy mucho del estado de crecimiento del observador. Me ocurrió lo mismo con la piscina que poco a poco y conforme yo me hacía más grande, pasó de ser de olímpica a una bañera gigante, jajaja!!!
Pero, por el contrario y pese a todas las vejaciones y agravios que sufrí en esa etapa de mi vida, sí que logré obtener el título de "Técnico Especialista en Jardín de Infancia" por F.P.
Por aquel entonces contaba con 22 años y fue cuando realmente fui consciente de las palabras que mi madre continuamente me decía... (Si las personas "normales" lo tienen difícil tú lo tendrás peor") Y es que... ¿A quién se le puede negar el derecho a la educación por el mero hecho de tener una discapacidad física? En la década de los 90 algunos puede creer que tal cosa era impensable pero, ayyyy amigos... ni es oro todo lo que reluce ni toda persona errante está perdida...
Pero ese es un capítulo de mi existencia que requiere una dedicación especial que ya escribiré cuando me sienta con ánimos, jeje... El caso es que no hay mal que por bien no venga y, como dije anteriormente, tal experiencia me sirvió para tomar conciencia de que no todo iba a ser de color rosa y que, aunque gastase todas mis energías intentando integrarme en la sociedad, siempre habría alguna persona que no me lo iba a poner nada fácil.
Cuando tú misma estás convencida y sabes que puedes conseguir lo que te propongas, ¿quién es nadie para poner límites a tus aspiraciones escudándose en la deficiencia física que padeces?
Todo aquello me pareció tan injusto e inhumano que desde entonces sólo una idea me rondaba la cabeza: luchar por la integración y reivindicar el respeto a la dignidad como personas que éramos. ¿Y qué mejor manera que hacerlo que desde una cualificación profesional?...
Así que en 1992 empecé a estudiar la carrera de Trabajo Social. Un periodo que marcó mi vida de forma maravillosa pues no sólo me empapé de conceptos teóricos sino también de unos valores humanos que constituyeron la base donde construí los cimientos de mi convivencia social y personal. Fue durante esa etapa donde aprendí a dosificar mi carácter convirtiéndome en una personita mucho más humilde...

martes, 14 de abril de 2009

Recordando...



Nada recuerdo con más agrado de mi niñez que los sueños y las fantasías.
Esa inmensa capacidad de los niños de suspirar, de abrir los ojos y mirar con lo más profundo de su mente y su corazón al mundo de la ilusión.
Esa capacidad de imaginar...
Lo increíble es que el niño no solo lo ve y lo siente como si fuera realidad, sino que tiene la capacidad de vivirlo sin reservas más allá de cualquier frontera.

Mi infancia... Jooooo... Soy la primogénita de cinco hijos. Mi madre me tuvo cuando aún no habia cumplido los 17 años y a mi padre le faltaban 4 meses para los 25. En aquel entonces se decía eso de: "se casaron de penalti", cuando una pareja contraía matrimonio porque ella estaba embarazada.
En el colegio, cuando se lo conté a mi mejor amiga ésta me dijo: "que pena, no?". Tuve que mirarla inquisitivamente porque prosiguió con un: "lo digo porque si se casaron por obligación a lo mejor no estaban lo suficientemente enamorados"...
Yo en cambio siempre pensé que era afortunada. Imagino a esa pareja de novios, comiéndose a bechitos... regalándose caricias por doquier... AMÁNDOSE y todo ello a escondidas, uhmmmm... qué rico!. ¡¡SOY FRUTO DE LA PASIÓOON...!!, toda FUEGOOOO, uhmmm... Así salí... con las hormonas disparás, jajaja....
Uy, creo me estoy saliendo del tema jijiji.... Recapitulemos. Ejem...

Mi infancia... (suspirito) El eco de su presencia siembra primavera en mis inviernos, y el recuerdo de sus caricias reverdece el jardín de mis otoños.... Siempre he afirmado ha sido la época de mi vida que recuerdo con más nostalgia, quizás porque los niños son sinceros pero sin maldad e inocentes por naturaleza y por ello inmunes a la sociedad...
Fuí una niña feliz. No recuerdo verme diferente a mis hermanos o amigos; siempre era una más porque, pese a que dí mis primeros pasos cuando otros a mi edad brincaban y comencé hablar cuando los demás eran ya "cotorras", yo me hacía entender con gestos y llegaba a cualquier sitio arrastrándome por el suelo (nadie me ganaba imitando a las serpientes, jijiji...)
Me gustaba mucho que me leyeran antes de dormir... Mi madre tenía una colección de mini-cuentos, medían quizás el doble de una caja de fósforos, la letra era minúscula y estaban llenos de imágenes; "Blanca Nieves"... "El patito feo"... "Pulgarcito"... Ella se sentaba en mi camita y yo la escuchaba embobá recostada en sus muslos para poder ver los dibujos del mini-cuento. Me encantaba pintar también. Todos me compraban blocks de aquellos para colorear... Recuerdo que en una hoja venía el dibujo ya pintado y en la siguiente sin colorear para que tú lo hicieras igual, pero yo habitualmente me iba a las páginas centrales jeje... eran donde no habían moldes para fijarse y daban rienda suelta a la imaginación. Nunca he sido muy devota de lo impuesto y como siempre me ha gustado curiosear, supongo aquello era lo más parecido a sentirme yo misma.

Recuerdo mi primera llantina... No entendía por qué mi hermano, que era dos años más pequeño, podía ir a la guardería del barrio y yo no . No sé que mentira piadosa me diría mi madre en aquel momento, pero el único impedimento que me negaba el acceso aquel jardín de infancia era mi discapacidad, simplemente me veían distinta y no querían problemas. Aun así mi madre logró la "gran obra de caridad", y los días en que a ella no le quedaba más remedio porque debía hacer gestiones en la calle y no tenía con quien dejarme, sólo esos días, yo podía disfrutar de una jornada de guardería como cualquier hija de vecina .

Muchas veces, cuando mi hijo hace de las suyas, le digo a mi pareja que dentro de unos años nos reiremos de ello...
Mi madre hoy se ríe al recordar el juego de sábanas que tiró cuando vio escritas en ellas, ¡y con bolígrafo!, las vocales, jajaja.... Creía había sido cosa de la hija de la vecina porque mi hermano tenía apena dos añitos y yo... bueno que yo pudiera hacerlo, eso era impensable; entre otras cosas porque los días de guarderías no habrían dado tiempo a que las aprendiera. El caso es que al parecer la vecina, íntima amiga de mi madre, apostaba el cuello que había sido yo alegando que su hija no sabía hacer ni la "O" con un canuto, jajaja.... así que no quedó otra que comprobarlo. Menos mal que lo de jugarse el cuello era en sentido figurativo... jajaja....

Mi infancia... (suspirito). Podría estar evocando recuerdos de ella que no me cansaría... Fui una niña feliz y supongo que por ello, ahora me siento tan bien por dentro y se nota por fuera...
El niño es como un barro suave donde puedes grabar lo que quieras... pero esas marcas se quedan en la piel... Esas cicatrices se marcan en el corazón... Y no se borran nunca....
Esto bien podría ser un homenaje a mis padres por lo magnífico que lo hicieron. Ahora que soy madre, sé lo difícil que resulta a pesar de que se pone todo el empeño del mundo y más....

Una mamá orgullosa...